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El Principio

Muñeco sin ventrílocuo

Muñeco sin ventrílocuo

Me lo dijo mi amigo en la última conversación telefónica: Acabo de despedir a una colega que vino desde España para conocerme. Le agradecí el detalle pero me tardaba que se fuera. Detesto que alguien me admire. Esa colega decía que mi veteranía y mi temple, le inspiran confianza. ¡Por favor, niña! A mi edad lo que espero de una mujer no es que me admire, sino que me acorrale, que me ponga con la espalda pegada a la pared y que su boca sea la única escapatoria de la mía.

Me contaba L. que había llegado a una edad en la que la seguridad era, en cualquier caso, peor que el peligro. Todavía conservo una carta suya de hace un par de años en la que me decía: Es cierto que cuando era joven deseaba con toda mi alma triunfar en mi trabajo. Me sentí el rey del mundo durante el primer viaje que emprendí. ¡Qué tontería, niña! Ahora daría lo que fuera para que aquel billete de avión me hubiera enseñado su verdadera cara. Me estoy haciendo mayor, muy mayor. Exagerando un poco he entrado en esa edad en la que un hombre es demasiado mayor para iniciar cualquier tipo de vida diferente.

He tenido todo tipo de suertes con las mujeres. En mi último encuentro con una, ella entró en la habitación y me preguntó para qué diablos quería una cama tan grande. Lo entendí a la primera, de modo que le serví el café frío para que se largara casi antes de haber entrado. Me dolió, sin embargo aquella mujer tenía razón.

El año pasado me avisaron que rondaba por la zona una ladrona peligrosa. Puede que no me creas M., pero aquella mujer tan peligrosa se presentó de noche en mi casa sólo para advertirme de que había dejado la puerta abierta. Aquello fue muy decepcionante para mí. Sin diferencia me hizo más daño que el peligro. ¿Qué diablos les pasa a los delincuentes, M.? ¿Cómo pudo ser que aquella mujer fuese más amable conmigo que mi urólogo?

Admiro el talento de L. y entiendo y comparto la amargura con la que me habló aquella noche. Guardo como un tesoro una nota que dejó olvidada en mi bolso en la que decía: Cada noche antes de dormir, me da miedo la soledad en la que vivo. A veces imagino que se acercan desde el fondo del pasillo las pisadas de una desconocida, entonces me quedo dormido. Me tranquiliza la esperanza de que una mujer me proteja de la soledad, del silencio y del miedo. He llevado la vida indecente de un muñeco con la desgracia, amiga mía, de no sentir nunca entre las piernas la mano del ventrílocuo.

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1 comentario

L. -

Consigues poner musica a unos pensamientos mal hilvanados y lanzados al viento de tu hilo telefonico.
Mi cama sigue siendo igual de grande, algun dia se llenara de razon, estoy seguro.
Te quiero desde nuestra distancia.
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