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El Principio

Los seres de mi infancia

Los seres de mi infancia

Soy niña de los payasos de la tele y un globo, dos globos, tres globos. Mi primer recuerdo infantil es para los entrañables Gaby, Fofó, Miliki y Ábrete Sésamo.

La mía es una generación marcada en la infancia por la existencia de la tele. Llevo asociado el recuerdo de mis deberes escolares a las prisas con la radio de fondo, quería acabarlos rápido porque comenzaba mi programa favorito.

A lo largo de la vida como casi todos, he ido disfrutando de diversos programas, al igual que he ido huyendo de otros. Pero tanto los he terminado arrinconando, que me veo donde estoy ahora, ajena a los nombres que más pitan y fuera de juego en muchas conversaciones. Y no es pose, puedo asegurarlo. Es que me interesa entre poco y nada lo que veo cuando enciendo el aparato. No le encuentro el interés al cambio de cara de Belén Esteban cuando apenas sé cómo la tenía antes.

Pero la dependencia que tenemos de la imagen es tal, libada desde la infancia de los payasos, que la falta de la misma nos produce cierta inquietud y desasosiego. De ahí que en más de una ocasión me haya visto con la tele encendida y con el sonido bloqueado o bajo, mientras me ocupo de otras cosas.

Según los que estudian esto del comportamiento humano y nuestros hábitos de conducta, una de las primeras cosas que hacemos al entrar en casa es encender el televisor. Es una manera de sentirnos acompañados, lo estemos ya o no, pues es otra forma de compañía. Muchas veces es esa tercera persona cuya presencia impide que afloren las discusiones, los problemas o incluso los pensamientos.

Es cierto que la televisión tiene mucho de bálsamo pero también de narcótico y, por tanto, de tóxico. También he de reconocer que me aburre criticar la televisión, como ver muchos de sus programas, con lo que me dedico a las telenovelas mejicanas. Sufren, lloran, disfrutan y sobreactúan, sin embargo veo paisajes a los que hoy por hoy no puedo ir y aprendo otra forma de hablar.

Y vuelvo a mi niñez… Con la muerte de Miliki, se esfumaron los payasos de mi infancia. El primer disgusto de mi vida fue con el fallecimiento de Fofó. Vivía cerca de una plaza en la que le hicieron una pequeña estatua, bajita como yo. Siempre que podía, hacía que me llevaran para abrazarle y que sintiera que los niños no le olvidábamos. Yo no le olvidaba.

La muerte de Gaby me pilló más mayor y andaba por otros derroteros bastante alejados de los payasos y siempre le sentí menos cercano. En cambio, hace unos días sentí que mi infancia ya había pasado a mejor vida, se quedó en un recuerdo y siempre, siempre, irá asociada a la tierna mirada y a la acogedora sonrisa de Miliki.

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