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El Principio

Nina Simone

No salgo a un escenario hasta que estoy lista. El público también tiene que estar preparado para escucharme. Les hago esperar. Es el momento.

¿Saben? La voz humana es el único instrumento puro, tiene notas que ningún otro posee, es como estar en medio de las teclas de un piano. Las notas están ahí, las puedes cantar, pero no las puedes encontrar en ningún otro instrumento.

A mí me pasa igual, vivo en medio de dos mundos. En el blanco y en el negro.

Soy Nina Simone, la estrella, pero también Eunice Waymon, la mujer.

Nací siendo un genio, tenía un don. Estaba destinada a ser la mayor concertista de Estados Unidos, solo había un problema, mi color de piel. ¿Se imaginan a una negra tocando música clásica?

A los doce años di mi primer recital, mis padres estaban en la primera fila. Les hicieron levantarse para que se sentaran unos blancos. Ese día vi lo que significaba ser negro en Estados Unidos. Lo comprendería años más tarde cuando en un instituto de Filadelfia me rechazaron. Fue como si todos me hubieran mentido alentando un sueño que sabían imposible, pero no me resigné.

Fue en Atlanta donde nació Nina Simone, Nina de niña, Simone por la actriz francesa Simone Signoret.

No quería que mi madre se enterara que andaba en bares de mala muerte, tocando lo que ella llamaría música del diablo. Cada noche me recogía el pelo en un moño, me ponía un vestido elegante que era más propio de un recital y me subía al escenario. Mezclaba clásicos del blues, gospel, himnos populares y sentía el mismo placer que cuando tocaba música clásica. En un mismo fraseo podía pasar de Bach a mi admirado Duke Ellington.

Para la mayoría de los blancos jazz significa negro y también sucio. Y eso no es lo que yo interpreto. Yo hago música clásica negra. Me parece un insulto que me comparen con Billy Holiday solo por el color de piel. Nunca me equipararon con María Callas y siempre fui tan diva como ella.

Como yo, la Callas era tempestuosa, absolutamente única y estudió su música más que cualquier otra de su generación. Podía crear las reglas y romperlas cada vez que quisiera y el mundo la escuchaba porque era la Callas, porque era blanca.

En 1958, un año después de haber actuado en el Carniege Hall, firmé mi primer contrato. Cedí los derechos de las canciones a cambio de un cheque de 3.000$. Perdí más de un millón en royalties. Me habían engañado. No volvería a pasar.

Cuando me subo al escenario quiero conmover, hacer consciente al mundo de lo que nos habían hecho.

Fui amiga de Malcolm X, marché con Martin Luther King sobre Washington, no se me olvidó ni un momento que estaba ahí para dirigir a mi gente. Mis canciones son más que una simple melodía.

Este Mississippi Goddam que escuchan fue mi forma de lamentar la muerte de cuatro niñas afroamericanas, tras la explosión de una bomba en una iglesia de Alabama. También la de Medgar Evers, un conocido activista por los derechos civiles. Cuando comencé a cantar, empezaron a reírse, al terminar solo hubo silencio. Se dieron cuenta que no estaba bromeando.

De no haber sido pianista, habría sido asesina. Hubiera ido al sur y habría esparcido la violencia, pero no sabía de armas. Aunque esto no me impidió que en alguna ocasión encañonara a algún que otro directivo porque me debía dinero, o a los niños que con sus gritos no dejaban que me concentrase.

Dejé Estados Unidos en 1969 cansada de la segregación racial que sufríamos los afroamericanos. Luther King había sido asesinado, mi nombre aparecía en las listas del FBI junto a los Panteras Negras. Me había peleado con la industria discográfica y me negaba a pagar impuestos como protesta por la guerra de Vietnam.

Comenzaban así dos décadas nómadas, las islas Barbados, Liberia, Holanda, Francia, Suiza. Del país que habíamos soñado construir en los años 60, solo quedaba una pesadilla, Nixon en la Casa Blanca y la revolución negra transformada en música disco. Nunca volvería a lo que mis amigos y yo llamábamos “United Snakes”

Altanera, vulnerable, apasionada. Siempre dije que moriría a los 70 años porque después solo hay dolor y lo cumplí. Mi vida sentimental fue un desastre y lo sacrifiqué todo por la música. El hombre que estuviera a mi lado tendría que aceptar cómo era. Reconocer que era una estrella pero también una mujer. Tendría que lidiar con las dos. Ninguno lo consiguió. Es de lo poco que no he conseguido, alguien con quien pasar mis noches.

A pesar de mi trabajo, mis discos y el reconocimiento internacional, fue el anuncio de un perfume el que me hizo pasar de ser una cantante de culto a una leyenda. No era mi mejor canción.

Cuando me subo al escenario, estoy lista para decir lo que quiero. Puedo ser Aretha franklin y Edith Piaf en una sola canción, pero elegí ser yo misma. Nina Simone.

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