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Viajes

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El tema de viajar ha cambiado mucho en las últimas décadas. Aquello de plantarte en un destino cualquiera por 60€, con no sé qué línea de bajo coste era impensable años atrás, cuando los aeropuertos eran ciudades de yuppies de ida y vuelta y gentes de poderío.

Para los demás que apenas si salíamos de la piel de toro, nos quedaba el 600 recién cargado o aquellas largas noches en compartimentos de ocho, cuando la Renfe también era otra.

Hay viajes reales o literarios que nos dejan una muesca en la memoria. Todos guardamos los nuestros, todos nos llevan a lugares que acabamos convirtiendo en míticos.

En mi haber guardo un par de viajes al mismo desierto y un país tan duro como arcaico. El calor prensado en cada gota de sudor, la sonrisa del vendedor ciego de Saqqara, las manos de aquel centinela de mezquita sobre las mías mientras predecía un hijo venidero.

En lo literario la luna y el Tíbet de Tintín, los viajes de Gulliver, las tierras pardas de Don Quijote, el infierno de Dante, lo más alto de los ángeles de Rilke o las calles y plazas de Mercè o Modiano.

En la actualidad de los viajes me gustan los trenes, me lleven hacia donde me lleven. Porque en ellos uno puede soñar con otros trenes, incluso con aquellos que no volverán nunca y vivir de nuevo en aquel desierto junto a un piano a punto de parir una nueva sinfonía vital.

Otro asunto son los viajes del corazón, mejor otro día. Por ahora emprendo un viaje nuevo, corto en distancia, medio en esperanzas y largo en pasos.

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