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El Principio

Lugar, leyenda, miedo o realidad

Lugar, leyenda, miedo o realidad

Hay lugares en el mundo donde el miedo es su principal protagonista. Sitios donde el terror sembró campos, ciudades y castillos donde la muerte y el sufrimiento impregnaron los resquicios del espacio y del tiempo.

Y hay muchos más de los que quisiéramos reconocer. Sirva de ejemplo la Isla de Poveglia en Venecia. Si se visita se caminará sobre cenizas humanas.

Venecia es de por sí un lugar mágico en el que es muy difícil establecer donde se encuentra esa fina línea que separa la leyenda de la realidad y, evidentemente, cuando se habla de Venecia se habla de trasiego comercial, de una ciudad tremendamente cosmopolita pero sobre todo, se habla de una ciudad en la que hay mucho agua y poca tierra.

Imaginemos la zona en el Siglo XVI, donde independientemente de esa gran cantidad de elementos comerciales que están entrando en Europa a través de Venecia, también entran las epidemias y se produce una de las pestes más terribles que se recuerda en aquel tiempo, y prácticamente en el último milenio.

En aquel momento el consistorio de Venecia se ve absolutamente desbordado. En apenas seis meses más de 160.000 personas fallecen. De tal forma que no llegan a saber qué hacer con tantos cadáveres. Y es cuando deciden llevarlos a una lejana isla que ya tenía fama de maldita, donde únicamente los agricultores van allí a atender sus vides, porque dicen que da el mejor vino de la región. Este lugar se convierte en menos de seis meses en un auténtico reducto de cadáveres. Al sufrir una epidemia estos 160.000 cadáveres no podían ser enterrados por miedo a que los virus atravesaran las capas freáticas, entraran en el agua e inmediatamente se volviera a reproducir la plaga, por tanto debían ser quemados.

¿Qué ocurrió? Según cuentan las crónicas al incinerar aquella cantidad de cadáveres el suelo de la isla creció hasta 10 cm.

Tu opinión, mi opinión

Tu opinión, mi opinión

¿Has pensado alguna vez en confrontar dos verdades?

Dos personas, dos situaciones y un mundo dividiendo. Intentar mantener una tranquilidad que en su día era vida y hoy se ha reducido a la nada más absoluta.

Es difícil dejar que alguien te diga lo mal que has hecho las cosas, aunque creo que detrás de todo error existe una persona y unos motivos. La verdadera magia del ser humano es enfrentar los errores de cara e intentar solventar algunas cosas propias para que no se vuelvan a reproducir.

La realidad es que el daño hecho no lo remedia nadie, sin embargo, intentar crecer con un comentario desde la buena fe es lo primordial. Sin rencores y sin expectativas de cambio. Nada de convencer a la persona que tienes enfrente.

Si en algún momento hubo algo bonito entre dos personas, es realmente triste que todo acabe en odio. Prefiero un buen recuerdo pasajero a un dolor perenne.

En resumen, querer ver más allá de nuestras acciones y dejar las tempestades para tiempo de sequía.

Algo de abandono

Algo de abandono

Te tengo algo abandonado.

El motivo es que he comenzado otro blog más personal, éste ha ido cambiando con el tiempo hacia los retazos de imaginación que me quedan y el otro quiero que sea mi yo más real.

Iré viniendo en función del estado de ánimo. Si la imaginación vuela es que la tranquilidad reside. Y por ahora... la tranquilidad la he echado de mi lado.

Va por ti, Emilio

Es la hora del recreo y te están esperando. Se agolpan en la puerta de la guardería y sacan sus manitas para saludarte. Todos quieren estar en primera fila, quieren disfrutar de tu alegría.

Y aquí llegas, en la parte trasera del camión, con tu uniforme verde.  El barrendero del barrio aunque para ellos eres Emilio.

Les preguntas qué tal están y los niños te devuelven un atronador bieeeeeeen. Cantas unos segundos de la canción de Bob Esponja y ellos te contestan, felices.

En pocos días te has asustado tanto que creías que perderías tu trabajo. Has sido el más buscado hasta que tu empresa te aseguró que todo estaba bien, tranquilo.

Durante los tres años que llevas repartiendo alegría a la puerta de esa guardería, no has pensado que estuvieras haciendo nada malo, ese rato de felicidad para ellos eran tus pilas para el día de trabajo. Hasta que algún padre te grabó y subió a la red el vídeo y se propagó con mucha rapidez.

Gracias Emilio, personas como tú me hacen seguir creyendo en el ser humano.

El primer regalo

El primer regalo

Hoy le he robado una hora al trabajo y nos hemos sentado a la mesa tres. Los recuerdos, otra persona y yo.

Como todas las conversaciones, ésta ha sido rápida. Hemos pasado por el resumen global de los problemas diarios, por una noticia vital para una de las partes, por la agonía de un futuro divorciado, la ilusión de un cambio y hemos acabado recordando la niñez.

La otra cara del recuerdo me ha contado que nació muy pequeño, tanto que la familia pensaba que no sobreviviría.  La abuela le llevaba siempre en su amplio regazo para darle su calor y, a la noche, le ponían alrededor un cuadrado perfecto de toallas calientes envueltas en algodón para que su cuerpo siguiera manteniéndolo.

Me ha parecido tan tierno y humano que me ha costado lo que no está escrito no romperme allí mismo. La mejor excusa para rematar un día tocado.

Tres años y medio de pelea con el sinsentido y de lucha conmigo misma acabarán en breve. Como cualquier condena que se precie, le queda una semana y un día.

El alivio ha salido en forma de promesa rota, no más lágrimas. No hay nada como prometerse algo a uno mismo y no cumplirlo. Ahí está la auténtica debilidad. Quiero, quiero, quiero… pero no puedo. Para acabar con un saco de dilemas que me distraen de la historia principal, el alivio.

Ya tengo mi primer regalo de cumpleaños y con un día de adelanto. El carpetazo a una etapa, el comienzo de otra y la bendición administrativa. Sólo falta una firma, del cartel cerrado por falta de personal, ya me ocupo yo.

Tres días

Tres días

Tres días he estado convaleciente de un virus de esos que llegan sin saludar y te apartan por unos días del mundanal ruido.

Tras las iniciales alteraciones de la vida cotidiana y acudiendo en cuerpo –que no en alma- a reuniones y demás asuntos laborales y domésticos, una se entrega al obligado reposo.

En estos días mis lugares donde he intentado calmar el malestar han sido la cama y el sofá. Donde me he entregado a lecturas atrasadas y a las películas por ver. Buscando el bálsamo en imágenes y frases ajenas.

Lo que realmente me apetecía era enfrentarme con lecturas atrasadas o paradas. De alguna forma la fiebre me ha dirigido a la infancia y posiblemente también la haya invocado.

Cuando era pequeña y el termómetro me ataba a la cama por unos días, recuerdo que mi padre me compraba algún tebeo, cualquiera era bien recibido. La lectura era la única forma de ocio para pasar las décimas aislada, pues la tele estaba en el salón y sólo me dejaban levantar de la cama para lo imprescindible.

En otras circunstancias fue el mar quien me acompañó. Paseos interminables en los que alguna lágrima se confundió con su espuma y alguna sonrisa tapé tras la intimidad de unos auriculares.

Como ya no tengo ni tebeos, ni padre y el resto de la familia anda lejos para intentar mitigar el malestar, me he perdido por las páginas reales e imaginarias de algún lugar donde poder calmar la ira del virus y según parece… he podido con él.

A ti... que no te tuve

A ti... que no te tuve

Hace cuatro años decidiste irte sin haber llegado. Aquella noche la recuerdo entre silencioso humo y angustiosas esperas. Con una insconsciencia absoluta sobre todo lo que estaba por ocurrir. Y tú, en tu lejanía cercana, me indicabas una serie de detalles sobre un porvenir roto.

Jamás sabré tu nombre, tu cara, tus expresiones, tu forma de caminar, tus preocupaciones. Sin llegar a conocernos, decidiste desaparecer para buscar otro futuro, aquel no era el tuyo. Y, ciertamente, hoy estoy de acuerdo contigo. No sé qué habría podido ofrecerte. Para ofrecer una incógnita, creo que la mejor decisión fue la tuya.

Me aferré un tiempo a tu recuerdo para combatir el dolor, cuando todo era confuso y mi alma era un aspirante a difunto. El tiempo siempre muestra los errores.

Desde donde quiera que estés, si es que existes, habrás comprobado que pocas veces me dirijo a ti. Será por refugiarme en todo aquello que no lastima, será por inconsciencia, será por olvido, será por supervivencia, será...

Verás que he cambiado poco y el entorno casi radicalmente, aunque lo profundo, todo lo realmente importante vive dentro, conmigo.

Mejor dejar que viva mi sueño contigo, a veces es peligroso remover los recuerdos que producen cada 29 de Febrero.

Les hores mortes

Les hores mortes

Les cendres que abrasen, l’escalfor del vespre a la teva mirada.
En el moment que les hores passen i moren sigiloses buscant un so semblat a la teva veu, el color gris atrapa els records.
Les hores mortes d’esperes i desesperes, de cerques i no trobes. Està amagada la paraula precisa, el moment oportú, la idea adequada.
En el moment que les hores s’escapen taciturnes i capritxoses, les teves carícies són el lloc on prefereixo matar els minuts.
En les hores mortes que el meu cos descansa, en la lletania dels somnis on t’imagino, em perdo en un silenci amb tu, t’enfonso en el meu ésser fent que formis part meva.
En el moment que les hores de l’alba despunten desafiant al matí per separar-me dels teus braços, cobreixo de petons els teus llavis.
En les hores mortes que et busco sense parar, com l’ona busca una roca on morir, jo busco els teus braços per dormir i descansar, per pensar en tu i poder somiar.

Muñeco sin ventrílocuo

Muñeco sin ventrílocuo

Me lo dijo mi amigo en la última conversación telefónica: Acabo de despedir a una colega que vino desde España para conocerme. Le agradecí el detalle pero me tardaba que se fuera. Detesto que alguien me admire. Esa colega decía que mi veteranía y mi temple, le inspiran confianza. ¡Por favor, niña! A mi edad lo que espero de una mujer no es que me admire, sino que me acorrale, que me ponga con la espalda pegada a la pared y que su boca sea la única escapatoria de la mía.

Me contaba L. que había llegado a una edad en la que la seguridad era, en cualquier caso, peor que el peligro. Todavía conservo una carta suya de hace un par de años en la que me decía: Es cierto que cuando era joven deseaba con toda mi alma triunfar en mi trabajo. Me sentí el rey del mundo durante el primer viaje que emprendí. ¡Qué tontería, niña! Ahora daría lo que fuera para que aquel billete de avión me hubiera enseñado su verdadera cara. Me estoy haciendo mayor, muy mayor. Exagerando un poco he entrado en esa edad en la que un hombre es demasiado mayor para iniciar cualquier tipo de vida diferente.

He tenido todo tipo de suertes con las mujeres. En mi último encuentro con una, ella entró en la habitación y me preguntó para qué diablos quería una cama tan grande. Lo entendí a la primera, de modo que le serví el café frío para que se largara casi antes de haber entrado. Me dolió, sin embargo aquella mujer tenía razón.

El año pasado me avisaron que rondaba por la zona una ladrona peligrosa. Puede que no me creas M., pero aquella mujer tan peligrosa se presentó de noche en mi casa sólo para advertirme de que había dejado la puerta abierta. Aquello fue muy decepcionante para mí. Sin diferencia me hizo más daño que el peligro. ¿Qué diablos les pasa a los delincuentes, M.? ¿Cómo pudo ser que aquella mujer fuese más amable conmigo que mi urólogo?

Admiro el talento de L. y entiendo y comparto la amargura con la que me habló aquella noche. Guardo como un tesoro una nota que dejó olvidada en mi bolso en la que decía: Cada noche antes de dormir, me da miedo la soledad en la que vivo. A veces imagino que se acercan desde el fondo del pasillo las pisadas de una desconocida, entonces me quedo dormido. Me tranquiliza la esperanza de que una mujer me proteja de la soledad, del silencio y del miedo. He llevado la vida indecente de un muñeco con la desgracia, amiga mía, de no sentir nunca entre las piernas la mano del ventrílocuo.

La lealtad

La lealtad

La lealtad es un valor básico para ir por la vida, luego hay quien la merece y quien demuestra no merecerla.

¿La lealtad existe o son intereses creados?  Aunque no es un valor que está en alza, existe. Sin embargo, cada persona tiene deslealtades diferentes.

De base, el ser humano es egoísta y tiene mucho miedo a los adjetivos. El egoísmo o la ambición no son malos siempre y cuando se controlen. Tanto en el amor, la amistad o la lealtad, hay una parte fundamental de egoísmo que no deberíamos avergonzarnos de ella. La cuestión es cuando nos dejamos llevar por él.

Antonio Genovesi decía que hasta la supervivencia de una banda de ladrones necesita de la lealtad recíproca. Con lo que hacer una categorización moral es poco aconsejable. No necesariamente la lealtad tiene que ser una virtud o un bien moral.

La lealtad debe ser una especie de fidelidad entre las acciones que uno realiza y los principios en los que fundamenta esas acciones. Una cuestión de coherencia vital.

A veces cuando se habla de lealtad, algunas personas confunden y tratan el tema como un cierto vasallaje. Aquel que es leal es el que puede llegar a ser servicial y baja la cabeza.

La lealtad entre iguales existe, lo que no existe es el altruismo. Siempre que somos leales, igual que cuando queremos o hacemos algo por alguien, lo hacemos por algo incluso sin ser conscientes. Siempre se espera algo a cambio. Desde el afecto de la otra persona o cualquier otro tipo de recompensa. Intereses creados que pueden ser materiales, intereses muy sutiles, hasta agradecimiento sin más.

¿Si no hay intereses creados a qué somos leales? ¿A nosotros mismos? ¿Los intereses son principios? Posiblemente estoy pensando en términos de moneda de cambio y no es la vía correcta.

La amistad debe ser duradera e imperecedera pase lo que pase y desinteresada por encima de todo, aunque siempre habrá circunstancias que aboquen a la caducidad de ella. El eterno conflicto en el que estamos imbuidos. Hay tantos códigos morales como personas. Con nuestras acciones siempre estamos especulando sobre qué es lo correcto, olvidando en gran medida la misma acción y la perfección en ella. Como decía Josep Pla: A veces hacemos lo que queremos, otras hacemos lo que debemos y otras veces lo que podemos.

Será que a medida que van pasando los años, perdemos el significado de la lealtad. Cuando fuimos jóvenes teníamos un sentido profundo e inalterable de ella y la vida se ocupó de enseñarnos el camino donde nuestro ángel quedó anclado.

No existe el compromiso para toda la vida, son votos renovados diariamente. Las amistades son circunstanciales, según nuestra evolución así obraremos. Las prioridades cambian y por ley de vida caminamos junto a las responsabilidades que vamos adquiriendo.

Sueño de niños

Sueño de niños

Dicen los que de las cosas de la humanidad saben, que en torno a los siete años nuestro carácter y personalidad está formada y, llegada esa edad, poco cambiamos.

Por mi propia experiencia y analizándome junto a la vida de aquellas personas con las que he ido creciendo, me sumo a dicha afirmación casi determinista. La personalidad, lo que somos como individuos, va a vehicular nuestro comportamiento y por tanto nuestro futuro. De ahí la importancia de la formación en la infancia.

Navegando entre las historias de papel siempre me he sentido enamoradiza, me viene desde esa edad de sueños. En una primera etapa mis amores fueron el mago Merlín, Bambi y Dumbo. Luego, en los tiempos en que una comienza a tener más definida la orientación y el deseo, me volqué en mis héroes musicales a los que amé tanto como a aquel chico del verano. Después llegaron Osiris y Horus, príncipes de mi turbada prepubertad.

Con los años uno deja de enamorarse de imaginarios. Se olvida del papel y el celuloide y comienza a escarbar en las pasarelas de lo cotidiano en busca de esos amores de andar por casa. Porque el amor es un tesoro que perseguimos desde infantes. ¿Qué hay en los cuentos de niños y adolescentes sino amor o falta del mismo?

Hay quien piensa que con los años, las personas se hacen inmunes a los golpes y abrazos de la vida. Nada más lejos de la realidad. La vida con cada pincelada, cada zarpazo o cada caricia vuelve a hacer de nosotros unos niños sensibles a todo cuanto nos sucede.

Lo que sí es cierto es que con los años, cada vez queden menos lágrimas, besos o sonrisas para expresar. Mientras tanto y según vaya agotándose la arena de mi reloj, seguiré soñando como una niña. Continuaré paseando por los recuerdos de hace unos días.

Miserias ajenas

Nos hemos acostumbrado a vivir con la indiferencia como trato, sistema o contrato. Nos hemos acostumbrado a no ver aquello que resulta desagradable, aquello que nos debería llevar las manos a la cabeza y un golpe a la conciencia.

Nos hemos acostumbrado a ver la miseria del otro, la pobreza y la desgracia como sombra o bulto, en el mejor de los casos, y todo con la distancia suficiente para que no salpique. Cada uno tenemos nuestros propios problemas y nadie vendrá a redimirnos de ellos, incluso puede que la ayuda externa no sea nuestro objetivo.

Hace unos días, desde la tranquilidad de mi esporádico techo, una mirada se clavó en mis ojos. No me miraba a mí, no miraba nada. Un niño en el suelo, con las piernas inmóviles por una parálisis, el hambre comiéndose sus entrañas y a pocos metros su hermano en las mismas condiciones. Me obligué a mirar de frente a aquellos ojos.

Cientos de personas estaríamos enfrentando su mirada en aquel momento, pasando por delante de la desdicha y pocos le prestarían la más mínima atención. Entonces la tristeza apaga el corazón.

Nos hemos acostumbrado a ver las desgracias de nuestras calles como parte del mobiliario urbano o imágenes lejanas de televisión. Sus miserias nos son ajenas, nos estamos volviendo cada vez más torpes pues la miseria del otro es nuestra propia miseria.

Hablándole al espejo

Hablándole al espejo

¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado hasta este punto? ¿Cómo puede ser que tenga miedo de contarte lo que siento?

Me temo que los sentimientos hacia ti han cambiado, la pérdida sigue y la confusión se instauró entre las dos.

En aquella tarde se decidió la concesión de un solo deseo, uno sólo. Desearíamos saber la una de la otra lo que se está tramando a través de la misma mente. Ahora sólo queda conocer el medio.

- ¿Piensas en mí?

- Cada vez que te veo, mi corazón late lentamente y se va acelerando, al mismo tiempo.

- Eres incomprensible.

Es cierto, trato de de ocultártelo todo. Cada vez que caminamos juntas, recibo una patada en el estómago. Finjo que no siento nada hacia ti, pero es difícil convencerse a una misma. Entonces es cuando desisto.

Estoy aquí, ahora, aferrándote a mi imagen, en mi mano. No quiero que la veas, porque ya no conozco a la persona que solía ser. No la recuerdo. No recuerdo tanto pensamiento acumulado, tanta frase maltrecha, tanto colorido sin salida.

Dime qué cosas van a cambiar para que yo sepa a ciencia cierta que esta pesadilla acabará. Estoy sentada sobre la cama en la mañana oscura.

Me gustaría que estuvieras aquí, junto a mí. Me gustaría que estuvieras aquí, para dormir conmigo ignorando el mundo que nos rodea.

Me gustaría que estuvieras aquí y no éste clon de alguien a quien apenas conozco.

Un ángel, mi ángel

Miré a mis pies, incapaz de recordar lo que me había llevado hacia ese banco. En ese cemento implacable, entre un grupo de personas, mochila en mano, que no perdonaba su huida hacia un sueño. Sus sueños.

Allí estaba ella, sólo para hacerme sentir como se debe mantener una mirada. Y me perdí en sus ojos azules de tanto mirar al cielo. Vi como la belleza brillaba en su piel.

Cruzamos una mirada rápida, ella la retiró segura. Me sentí avergonzado de la presencia de un ángel perfecto. El ángel que aparecía para cicatrizar cualquier herida.

Seguí mirando su belleza sólo para que ella tomara conciencia, yo era su bestia.  Ella me observaba interesada, haciéndome entender que había algo especial en mí. Yo era el elegido.

Mientras pensaba en recuerdos, comprendí que al fin había llegado a ella. Me acerqué dejando mi mano entre las suyas y sentí que cada cicatriz, cada dolor y cada pecado que habían cometido esas manos, habían desaparecido. Me sentí tan humano.

Ella era un ángel, ella era mi ángel.

Me aferré a ella trazando cada detalle de sus manos. En sus palmas suaves y con la punta de los dedos, recorrí cada infierno pasado, sintiendo todo el alivio del universo. Ella estaba en mí, y por un tiempo, yo abandonado. Perdido en la belleza tan sencilla de unas manos.

Un tacto frío salió disparado. Sentí congelado el calor de la ira y la rabia del odio de este inmenso buque. Estaba feliz, no era un engaño.

Las palabras comenzaron a salir por mi boca como la miel, ofrecían sólo sonidos con el más dulce de los significados y la mejor de las intenciones. Palabras que jamás podrían abarcar lo que significaba para mí. Las palabras que me hicieron sentir tonto y no tener miedo por su significado, sino por el impacto que podrían tener en el corazón del ángel. Ella me miró con sus hermosos ojos azules tomados al asalto. Me sentí aterrado, ella mortalmente asustada. Repetimos las palabras que reflejaban la belleza del instante. Te amo, nos habíamos susurrado.
 
Juraría que mi corazón me había fallado, ya que se había reducido al silencio. La posibilidad de que estas palabras se habían dirigido hacia mí era improbable, imposible. Una imagen como ella no se merecía la falta de respeto del demonio que yo ofrecía. En silencio, un derrame de lágrimas bañó nuestro banco.

- Esto no es para mí, no nos merecemos.

Yo sabía que tenía razón, pero la ilusión ya se había recuperado.

 - Soy para ti y es exactamente lo que quiero.
 
Tan sólo nos levantamos y nos envolvimos en abrazos. Sentí mi corazón lento y acelerado. Seguía sin creer que fueras mi ángel. Tus alas me trajeron la sonrisa, la calma del bienestar. Al fin alguien se preocupaba por mí. La brisa nos permitía pasar.

Ella es mi ángel, mi ángel perfecto. Ella tiene que ser.

En todo este tiempo he cogido tu cabeza en mi cuello y las lágrimas inundaron mi cuerpo. Lágrimas de gratitud al cielo.

Me sentí obligado a tenerte hasta que la muerte nos han separado. Hoy al despertar tus alas ya no estaban, no me sonreían tus ojos, no he disfrutado de tu mirada bañada en azul cobalto.

Gracias por la vida que me has dado. Tantos años a tu lado han sido un aleteo robado al cielo. Vuelve al lugar de donde viniste, algún ser te espera para volver a iluminar su camino. Nuestro banco hoy vuelve al despiste. Tus ojos, tus alas y el arrebato.

Si fueses tú...

Si fueses tú...

Los nervios me hacen dudar si este es el lugar donde habíamos quedado, a la vez, me han vestido de gala la sonrisa, hoy tiene ganas de lucir la realidad que vivo.

Desde mi imaginación te veo entrar despistado, disimulando el retraso que te empuja.

Y aquí estás… Estamos viviendo el momento soñado. Tú en la otra vía y yo sin atreverme a mirarte.

Decidí no llevar reloj, evitando así las miradas indiscretas de los silencios incómodos. Innecesario, hemos sabido acallar el silencio.

Y aquí estás.

Respiro buscando alivio y tus ojos me lo proporcionan. El saludo es tranquilo, animado, alentador. Nos sentimos bien el uno con el otro, lo transmitimos sin más.

Dejamos nuestro banco atrás, junto a una sombra perenne de unas manos abrazadas entre sueños.

Caminamos sin rumbo, enfrentamos la mirada al sol y cae. Deja paso a la luna que besa en los labios al mar.

Y aquí estás, aquí estamos. Si los sueños se viven, la realidad es posible cambiarla.

Son las doce y el hechizo se rompió. Mi confianza es tu triunfo, tu felicidad es mi cobijo.

Movimiento contra quietud

Movimiento contra quietud

Danza despertando de las sombras crecientes de tu interior y mira directamente hacia la oscuridad superada por tu luz.

Camina por el pasado de habitaciones con personas de nombres restaurados, con ausencia de sueños gloriosos.

Aquí estoy de nuevo.

Sigue sin pensar en el momento en el que tu felicidad se volvió sangrienta. No permitas que se vuelva un incesante zumbido de gritos. Tu propio foco de temor se magnificará y distorsionará aquello que veas.

Arriesga tu pensamiento.

Tal vez soy un fantasma en mi segunda etapa o, simplemente, no soy yo mismo. Aún no estoy.

Sabes que hay muchos matices que indultas o disfrutas en los otros, tantos como en ti mismo. Si te perdonas a ti mismo tus actitudes repulsivas, también necesitas perdonar a los demás. No hay culpas. Sentirte mal no quiere decir que sean malos. Levántate tantas veces como te derriben. No hay final malo, sino una prórroga constante.

El suelo es resbaladizo, continúa danzando sin dudarlo. Tu capacidad de observación sólo ha sido anestesiada por un terror invisible e indiferente.

Tú puedes arreglar el nombre de lo que queda… de lo que venga. Siente el alivio desde la contemplación del escape.

Danza en blanco y negro, danza en un murmullo, no te detengas. Esa mirada de recuerdo tiene su oportunidad en algún lugar que sólo tú encontrarás.

Movimiento contra quietud, siempre quedará un resquicio… Danza.

Vida dual

Vida dual

Los premios tienen parte de mérito, parte de ser asignados a dedo y parte de lotería, según los casos. De cualquier manera siempre son bien recibidos por los ganadores. Me gustan los premios, sean de tipo que sean. Siempre saben a mucho.

Desde pequeña me educaron en el mundo de las dualidades, así entre el premio o el castigo transitaron las consecuencias de mis primeras acciones. 

Aún conservo la medalla que me regalaron en el colegio por aplicación y buen comportamiento, posiblemente porque fue la única y, desde luego, la primera. Fui también laureada con alguna banda, no sé bien si azul o roja con las que nos condecoraban por destacar en algo. Aunque, eso sí, no te la llevabas a casa.

Los premios de hace años los guardo en la memoria dándole la forma de un cofre y aunque los castigos también se mantienen en mi recuerdo por ser más numerosos, yacen más a modo de caja negra.

Premios a lo largo de la vida nos dan muchos. Tantas veces me han dicho que la tenacidad, el esfuerzo, la perseverancia, el deseo y hasta la visualización del mismo, me darían unos elementos que unidos darían su fruto…

Hay premios de todo tipo. Los hay que llevan dotación económica, otros llevan la compensación moral o sentimental y hay premios que algunos consideran un castigo.

Recuerdo que en el colegio las monjas nos obsequiaron con una clase para entender el cine. Éramos demasiado pequeños para esperar estrenos de directores renombrados y ellas se despacharon con Juan Salvador Gaviota. Ni que decir tiene que algunos lo consideramos un suplicio y del premio, o supuesto premio, nació el castigo por no parar de hablar, bostezar, tirarnos las tizas o reírnos durante toda la película.

Hoy dispongo de premios en forma de sonrisa, incluso algunos problemas son un regalo para no perder el norte. En cambio los castigos ya vienen doblados de origen, casi cerrados en sobres con lacre sangrante, y para ésos tengo una estantería dedicada. Todos bien apilados, al final hasta se les acaba tomando cariño.

En fin, la vida que parece un tiempo de dualidades, igual que entonces.

Yo mato

Yo mato

Para quienes han puesto el corazón sin recibir otro a cambio. Para quienes se arriesgan a ahogarse en el pequeño aluvión de sus lágrimas.

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Exhibían senos, miradas y cuerpos cargados de promesas, muy simples de verificar en esa búsqueda obsesiva de contratos que era la vida. Rostros tan abiertos y fáciles de leer que aun antes de comenzar, ya se leía la palabra fin.

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Las notas de una trompeta salen de los altavoces y se esparcen en el aire. Es una música triste, tenue, evocadora, de una melancolía que quita el aliento, sufrimientos agudos que solo piden ser olvidados. Es la música sin memoria que la memoria desea para dejar de existir.

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Se sentía mucho más viejo. Ciertamente si se es policía se envejece antes. Quizás algunos ya nacen viejos y lo descubren en el contacto con otra gente que sigue uniformemente el hilo del tiempo.

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En la vida hay cosas que buscas y otras que vienen a buscarte. No las has elegido, y ni siquiera las querrías, pero llegan y después ya no eres el mismo. En ese momento, hay dos soluciones: Escapar procurando dejarlas atrás o te detienes y te enfrentas a ellas. Cualquier solución que elijas te cambia, y sólo tú tienes la posibilidad de escoger, bien o mal.

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Una paloma se posó en el muro. En lo alto, hacia el mar, volaba una gaviota. Mendigos del mar y de la tierra, que se repartían el alimento entre los desperdicios que los humanos, esos pobres seres incapaces de volar, dejaban a su paso.

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Nunca he sido capaz de elegir mis pasiones, así que he tenido que aceptar que ellas me eligieran a mí.

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La muerte es fría y caliente al mismo tiempo. La muerte es sudor y sangre. La muerte es, por desgracia, el único modo verdadero que ha elegido el destino para recordarnos continuamente que existe la vida.

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No es verdad que el destino es ineluctable. No es verdad que solo se puede ser espectador de la alternancia del tiempo y los acontecimientos. Él puede cambiar, él debe cambiar esa injusticia eterna, él puede reparar las cosas equivocadas que el destino distribuye a manos llenas en ese nido de serpientes que es la vida humana. Al azar, sin mirar, sin preocuparse si lo que sucede destroza una existencia o la arroja para siempre a la oscuridad.

Yo mato de Giorgio Faletti.

La radio

La radio

Hace unos días pensaba en la radio y la relación que tengo con ella. Para mí la radio es compañía y proximidad. Es un espacio que se hace propio cada oyente, cada susurro dirigido a uno mismo. Hacer radio es estar con los oyentes, no la concibo de otra forma. Escuchar radio es estar con alguien y apartar, entre otras cosas, el ahogo de la soledad.

Pasamos toda la vida acompañados por personas queridas o de su ausencia. De muchas o pocas, aunque todos ellos son seres que dejan su huella a nuestro lado como una sombra perpetua, eterna y hasta necesaria.

Buscamos la comprensión del otro, su cariño, atención y estima. Es cierto que uno siempre sueña más que el otro, da más y espera menos del otro. Todos, en definitiva, esperamos algo de alguien. El fantástico mundo de las expectativas. No hay mayor condena que el silencio y el vacío que deja. No hay mayor tortura que el silencio de la espera.

Hace unos años una carta despertaba el corazón doliente por la espera. En la era que nos ha tocado vivir de códigos nuevos, el corazón lo altera el sonido del mensaje recibido. Siempre con la esperanza que alguien, por un momento al menos, quiera estar contigo.

Nunca podría dejar la radio (y nunca es un término demasiado categórico). Me ha acompañado toda mi vida. Le debo muchas horas de carcajadas con Alfonso Arús, de imaginación al vuelo con Federico Pérez de Lema, de opinión y análisis con Júlia Otero, de curiosidad perpetua con Miguel Blanco y hasta de un intento de compresión con Federico Jiménez Losantos.

Lugares de encuentro

Lugares de encuentro

A los bares o lugares de encuentro y en un sentido amplio, se les ha cantado siempre, fuese cantina, antro, tasca, taberna, tugurio o pub.

Desde los corridos y llantos maleados de Jose Alfredo o La Vargas, hasta el pop más de garaje. Ahí quedaron aquellos bares que lugares de Gabinete Caligari, el Penta de Nacha Pop, el visite nuestro bar de Hombre G, el peor que el sol de Sabina o el Rockola de La Mode que era, evidentemente, más que un bar pero lo tenía todo de lugar de copas, música y cómo no, de encuentro.

Si edifico mi memoria sentimental a base de recuerdos emocionales; las canciones de mi vida, los primeros besos, los segundos achuchones, las terceras caricias y los continuos batacazos. Está claro que muchos de ellos van unidos a esos lugares de negro y humo, de barra y codo, asientos esquinados y miradas.

Todos tenemos un bar al que agarrarnos, un pub donde prendimos nuestros sueños o amores. A los bares de entonces no hay que volver nunca, lo mismo que nunca se regresa a los antiguos amantes, igual que no debe volver uno a sentarse en las aulas perfumadas de la infancia, porque entonces todo se volvería más pequeño, sutil o etéreo y perderíamos la parte idílica que tienen los mitos.

 De los bares se escribe y en ellos se canta, hasta nacen con ése fin… los espantosos karaokes. Otros son pasto de cánticos amables o terribles de espitas o bacantes. Y otros, con los que hoy me quedo, ésos de los que ya no quedan muchos. Los de la música en directo.

Atrás quedaron Atocha 109, la Mala Fama, Komitté, Agora o Morocco donde mi camino se cruzó con el genio del que Sabina dijo: “No le he conocido ningún enemigo, nadie que hablara mal de él: era un santo laico. No había tipo más bueno, con el corazón más en la mano”. Inicios inciertos para futuros que ya marcharon.